De lo que me queda de mi San Ilde

22 02 2013

 

Con motivo del Día de la Lengua Materna

OCT 06 Feria Ecosol Qro Ma Isabel


Por María Isabel Pascual

Escribiendo con pedazos de lo que me queda de mi San Ilde

Cómo me gusta saber que mi abuela está en mi casa para ponernos a platicar, pero más porque me cuenta cómo es que era antes la vida en San Ildefonso… entonces pienso que, tal vez cuando sea grande también estaré esperando a que lleguen y me digan, abuela cuéntame de nuevo cómo eran antes.

Si contara medio siglo empezaría diciendo que:

Aprendí a entender el otomí cuando mis papás me regañaban (ellos lo hablan), porque recuerdo que no empezaron con palabras básicas como tortilla, agua, leche, frijoles… si no, tráeme el molcajete, haz una salsa, no le pegues a tu hermano…

Mi papá era el que nos enseñaba palabra por palabra pero también nos hablaban en español porque decía que teníamos que aprenderlo a hablarlo bien; recuerdo que se ponía a leer un libro de historia de la primaria (medusa) y se le dificultaba pronunciar algunas palabras.

En el pueblo había unas religiosas que hacían muchos trabajos y uno de ellos era ir a visitar a las familias, pero mis papás me prestaban para que las acompañara y es cuando aprendía a hablar más el español… ellas no entendían el otomí, yo medio entendía y hablaba el español y fue entonces que en la escuela (los profes no hablan otomí), el catecismo, las visitas a las gentes y leer un libro era todo en español.

En la casa mi mamá era la que más nos hablaba en otomí, porque ella estaba más tiempo con nosotros y nos llevaba a la CONASUPO (tienda de abarrotes) y también ahí aprendimos muchas otras palabras porque la gente llegaba a comprar y porque todo era en otomí; así que memorizábamos las palabras con las cosas que despachaba mi mamá (jabón, tela, azúcar, pan, sombrero, galletas).

Mis papás tenían cargo en la iglesia y el hecho de participar en cada costumbre religiosa pues aprendíamos de memoria en latín y otomí el rosario, letanía, alabanzas y nos metían a ser parte de todo, desde abrir la iglesia, ir a florear a los santos, las procesiones, hacer la comida para los cargos mole, tortillas, atole, pan y acarrear todo a la casa de los mayordomos o mayordomas.

Como mi papá fue delegado, la gente llegaba a la casa a carearse y tratar de arreglar sus problemas y bueno, inevitablemente oíamos palabras fuertes que luego repetíamos y después nos enterábamos que eran groserías (cuando nos daban un coscorrón)…. Jajaja, pero! Entre primos intercambiábamos nuevas palabras aprendidas en otros lados, o, por los hermanos y primos más grandes (sobre todo las malas).

En la primaria y secundaria era motivo de burla hablar en otomí y no pronunciar bien algunas palabras en español, así que los niños que lo hablaban evitaban hacerlo, no participaban en clase, no tenían otros amiguitos y se veían dos mundos en las escuelas, los nchunfus (ricos) y los indios. También como no existían uniformes, cada uno iba vestido a su manera pero siempre se burlaban (de las faldas y los sacos) y nos aventaban piedras, por eso en mi familia mis papás nos ponían otra ropa y otros hicieron lo mismo. Después de que salí de la primaria fue que pusieron uniforme para que todos estuvieran parejos, falda azul, blusa blanca y suéter verde.

En la secundaria nada de otomí, aunque unos lo hablaran no decían nada ni malas palabras… pues crecíamos y nuestros intereses eran otros, pensábamos en evitar burlas, qué dirán, pena y fue como complicado compartir con otros jóvenes que no eran de la comunidad, porque la mayoría era del Apartadero, Amealco, San Juan, La Concha y muy pocos éramos de la comunidad (San Ildefonso)… Ellos tenían otras ideas y alguno de ellos ya había vivido en USA y cosas así…

Cuando salimos de la secundaria la realidad era fuerte, muchos se fueron a USA, otros a trabajar a México, Querétaro, Monterrey, se casaron y casi nadie pudo seguir estudiando por falta de dinero y porque la prepa estaba hasta Amealco (cabecera municipal), aparte de que en su mayoría tenían ganas de irse a USA, yo incluso estuve a punto de irme con un pasaporte de otra persona.

Desde ahí pienso que se pierden las costumbres, el amor por nuestras raíces, lo que nos identifica con otros y los que participábamos y lo que nos enseñaron simplemente como el tamo del maíz; volamos y nos dispersamos en cualquier dirección, dejamos de ser parte de la mazorca y luego no hay nadie quien siembre la semilla.

El resultado: todo lo que nos enseñaron nuestros abuelos, padres y la comunidad ya no lo hacemos y los niños que ahora hay en la comunidad no conocen muchas cosas; ahora ya muy pocos entienden el otomí, ya no existe la danza de los niños, se extinguieron los FANTERÍA (hombres que recorrían el pueblo con palos pintados en azul, rojo y blanco), ya se ven muy poco LOS MOROS (hombres montados a caballo con un gorro cubierto de espejos, flores, cubiertos con un paliacate rojo, su espada y capa roja), en la danza de las mujeres para tocar la música ya sólo queda el tambor y el violín, ya no hay nadie quien toque la flauta y el tamborcito… Tal vez hay alguien que lo sepa paro no lo quiere hacer o simplemente ya no hay nadie que lo sepa.

Yo ahora vivo en la ciudad y tengo la fortuna de vivir en ambos lados, pero cuando regreso al pueblo con ganas de recordar y revivir esas experiencias, simplemente ya no están porque no habemos quienes regresemos a realizarlas y enseñarles a los que no saben…. sólo la gente grande se visten como siempre se ha vestido el pueblo, sólo ellos siguen con las costumbres; ahora hombres y mujeres usan pantalón de todo tipo, cortes exóticos, color en el cabello, los jóvenes se embriagan con todo menos con pulque, se drogan, roban. Muchos que están en USA ya no van a  regresar porque han venido por sus padres, hijos, hermanos y sólo algunos se quedan a cuidar los terrenos, las casas y las milpas… entonces sólo quedan pedazos de todo lo que éramos.

Los que regresan porque no les quedó de otra, o fueron deportados y deciden regresar a San Ildefonso vivimos de otra forma y pensamos como en aquellos lados donde estuvimos.

Diría mi abuela: hoy eres una gente de letras, que entiende los libros y sabes hacer una palabra… lo malo es que no me entiendes las palabras que no sé en español y ni tan siquiera yo sé escribir al menos una letra de otomí para que me entiendas…

O como dice mi papá: ya te enseñamos todo lo que sabíamos, tú sabes si se lo enseñas a tus hijos de la misma forma o de ninguna, éstas son tus raíces y cada uno de ustedes son lo que fueron tus abuelos porque les tocó un poco vivir como ellos nos enseñaron a vivir, pero, ahora sí, al menos enséñame a usar la computadora para ver a mi nieto que vive en Texas y a escribir mensajes en el celular, para que cuando crezcan mis nietos le enseñe algo aunque lo más seguro, es que ellos ahora me van a enseñar.

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